Redlato II: capítulo 8

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Redlato II: capítulo 8

Arturo Blanco desdobló el papelillo que le había entregado Proaza. El galeno no parecía reparar en ‘gastos’. Al licenciado, hombre hábil en los negocios, no se le escapó la excelente idea del portugués: llevar pequeños documentos con su nombre y dirección escritos -con una caligrafía perfecta, por cierto-. Así era fácil ofrecer sus servicios con discreción a cualquiera y en cualquier momento, como acababa de ocurrir, además de impresionar al destinatario. La maniobra tenía también una parte de imprudencia. Con aquel billete escrito de puño y letra del médico se podría demostrar que había vinculaciones entre él y Arturo Blanco, o al menos sembrar la duda, en el caso de que Proaza negara conocerle, cosa que sin duda ocurriría si el plan seguía su curso.

Con más esperanzas que miedos, Arturo Blanco se despidió de su querido amigo de la infancia, Guzmán. Entre la partida y la negociación la noche había ido avanzando y el lucero del alba confirmaba en qué medida. Arturo Blanco decidió asearse a fondo y cambiarse de camisa: cuanta mejor presencia demostrase, más inclinado se sentiría Proaza a no dudar de él.

El licenciado se dirigió hacia las señas que había leído en el papel antes de aprendérselas de memoria y poner el billete a buen recaudo. Era una casa en la calle Esgueva. Se plantó ante el portón y dio dos aldabonazos bien firmes. Una criada le mandó pasar al despacho del médico, un lugar escrupulosamente limpio y ordenado, lleno de rollos y hatillos de manuscritos. En un armario, una sucesión de libros encuadernados.

-¿Le gusta alguno especialmente, licenciado? – interrumpió Proaza. Ese que contempla de Tomás Moro, Utopía, es realmente interesante.

-Lo he leído. Pero creía que usted se centraba en las enseñanzas médicas.

-Considero que aspirar a alcanzar metas superiores no corresponde a ninguna disciplina en concreto, y que nada debería interponerse en esas aspiraciones.

Hizo una pausa intencionada, cargada de misterio.

-Por ejemplo, ¿qué no haría un buen amigo para que un alma querida encontrase la paz?

Ahora el misterio era más bien tensión.

-Tenga usted, Arturo Blanco. Dele a su amigo Guzmán el documento de defunción de su vástago. Está firmado por mí y sellado. Y como vuelva a molestarme con una patraña como la de que su esposa quiere hijos, le denuncio.

El licenciado se quedó atónito. Y yo, sentado en el autobús, recordé repentinamente el documento que había visto en el cuaderno de mi hermana.

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