Redlato: capítulo 2

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Redlato: capítulo 2

Imbuido estaba en la intriga de la historia que la anciana relataba a su amiga, cuando llegamos a la plaza de España, donde un nutrido grupo de forofos del equipo que aquella tarde se enfrentaba al Real Valladolid consiguió frenar el autobús e invadieron su interior. Aquel bullicio provocó el silencio de mis acompañantes. Uno de los aficionados se sentó a mi lado, y su aliento emanaba un aroma a exceso de tinto de Ribera, que al buen hombre le animó a narrarme su vivencia del viaje, y tratar de convencerme de las excelencias de su club de fútbol, todo ello amenizado con cánticos en ocasiones soeces. Qué pensarían estas mujeres de semejante espectáculo. Bajaron en tropel en la parada del paseo Zorrilla, frente a la plaza de toros, precisamente donde yo me apeaba. Me esperaba la comida familiar de los domingos, aunque hoy me retrasaba. Había trasnochado y desperté más tarde de lo debido. Eché un último vistazo a la parte posterior del autobús, pero allí ya no había nadie. Supongo que las señoras acabarían engullidas en el desalojo por la marea multicolor. Nada conté en la mesa de lo ocurrido durante mi trayecto, pero mi curiosidad me llevó al día siguiente a investigar algo sobre el Hospital de Esgueva. Las fechas no cuadraban, el hospital hacía más de cien años que no funcionaba como tal. Tampoco encontré nada en las últimas décadas acerca del doctor Andrés Proaza, curiosamente homónimo de un afamado galeno de la ciudad en el siglo XVI. ¿Tanto efecto me había causado la jarana de la noche del sábado? Repetí ceremonioso el ritual durante toda la semana. Idéntica línea, misma hora, pero nada acontecía. Ninguna anciana se subió en las primeras paradas, ni nadie de los que fueron accediendo durante el resto de la ruta utilizaba el lenguaje que el primer día había escuchado. Deambulaba de un lado al otro del autobús, con el oído atento a todas las palabras allí dispersas. Hasta el punto de llegar al final del recorrido en la plaza Uruguay, y de ahí de vuelta, con el consiguiente mosqueo del conductor, que recelaba de mi dinero para adquirir un billete nuevo y me invitaba cortésmente a bajar en la próxima parada. Ya estaba convencido de mi paranoia, fruto de la deuda de una larga noche y el poco sueño. Hasta ayer domingo, al cruzar la Esgueva.

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