II Redlato: capítulo 6

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II Redlato: capítulo 6

La determinación estalló en el corazón de Catalina. Su primera sonrisa en dos semanas tenía un matiz inquietante, se diría que incluso feroz e inhumano, por la frialdad de sus ojos. Era el punto álgido en la sucesión de sentimientos que se habían venido acumulando. Primero la desesperación y la incredulidad, después el abatimiento. Los días habían ido alimentando el ansia de venganza, pero su buen fondo había podido más y a raíz de la información que Guzmán había conocido empezaron a concebir una estrategia para entrar en contacto con Proaza.Ahora que el plan estaba perfilado, era el momento de apartar las dudas y llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. Todo se basaba en una presunción: Proaza tenía que ser un hombre sin escrúpulos y cegado por su avaricia. No se entendía de otra forma que fuera capaz de hacer algo tan repugnante como arrebatar un recién nacido a una madre.La idea no era especialmente original ni brillante, pero confiaban en que diera resultado. – “¡Les he desplumado a todos ustedes, caballeros!” –dijo Proaza, ya un poco achispado. La partida se había alargado y para ventura del médico, el azar le había sido muy propicio. – “Ha jugado bien sus cartas, doctor. Enhorabuena. Déjeme que se lo reconozca invitándole a un último trago”.El licenciado no era uno de los habituales, pero la euforia del triunfo y el alcohol y, por qué no, la perspectiva de la invitación, hizo que Proaza aceptara. Ya en la calle, el licenciado adoptó un tono más reservado y le dijo al doctor: “Amigo Proaza, sé que es usted un hombre de negocios, y quiero proponerle uno”.En una pequeña mesa y con la compañía de varias jarras de buen tinto, el licenciado le contó al doctor cómo pese a ser un hombre afortunado y en posición acomodada, Dios no había bendecido su matrimonio con ningún vástago, y ahora, ya perdida la esperanza, estaba dispuesto a cualquier cosa para conseguir un heredero.A Proaza se le iluminaron los ojos, y con el entendimiento un poco embotado por el alcohol, mordió el anzuelo con decisión: “Licenciado, no será fácil, pero puedo ayudarle a aliviar ese pesar suyo y de su esposa”.

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