Redlato: capítulo 26

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Redlato: capítulo 26

Don Miguel invitó a Cristina a unirse al corrillo y la puso al corriente de las tribulaciones que turbaban al joven mecánico.

Martín se limitaba a asentir ensimismado, enfrascada su mente en la elaboración de una versión porcina del cuento de la lechera. La mera idea de convertirse en el orgulloso propietario de toda una ventregada de berreantes Durrutis lechales bastaba para estampar en su rostro una sonrisa bobalicona.

Ni borracho volvería a trabajar en aquel taller cochambroso. Lanzaría su mono de trabajo al despótico rostro del señor Molina, diría “adiós, muy buenas” a una vida de privación y servidumbre y se lanzaría a la aventura de dirigir su propia explotación de puercos. Sólo la penetrante intensidad de unos ojos azules pudo arrancarlo de tan utópica ensoñación.

-¡Ya lo tengo, Martín!- exclamó Cristina entusiasmada. – Don Arturo, amigo de mi familia, tiene una granja a las afueras de Valladolid. Mi cerdita Trufelina fue un regalo que me hizo por mi sexto cumpleaños. ¿Qué me dices?

Una repentina e inusitada determinación se apoderó del padre de Pirelli al percatarse de que no le temblaban las piernas en presencia de una moza tan lozana. Quería impresionarla, actuar. Era hora de coger al toro por los cuernos y solucionar el problema que su vehemente comportamiento había causado.

-Señores- dijo volviéndose hacia sus camaradas de taller.- Cristina tiene a bien ponernos en contacto con un experto conocido suyo. Su mediación garantizará que todas las partes implicadas salgan igualmente beneficiadas de este peliagudo asunto. Lo que no sé es cómo vamos a llevar a Durruti hasta la otra punta de Valladolid sin dar el demasiado el cante.

-Parece que tienes algo más que serrín en esa mollera- contestó Canales.- Menos mal que el tito Canalón está aquí para sacarnos a todos las castañas del fuego.

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