Mucho más que un escritor

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Mucho más que un escritor

Escribir sobre alguien que acaba de fallecer sin recurrir a tópicos desgastados resulta complicado. Hacerlo sobre un escritor -y muchas cosas más- de la dimensión de Miguel Delibes lo es aún más. Su figura, colosal en el plano literario, extremadamente humilde en lo personal, posee la extraña cualidad, reservada únicamente a los más grandes, de permanecer ajena al tiempo. Es como si siempre hubiera estado ahí, esperando a que los ojos del lector se posaran en su obra y descubriesen personajes que, como el Azarías de Los santos inocentes, explican más sobre la condición humana que los más sesudos tratados filosóficos.

No es posible entender un tiempo anterior a Delibes. No después de que con El camino, con Cinco horas con Mario, con Las ratas, se ganase el derecho a figurar en un lugar privilegiado de las letras castellanas. Profundamente enamorado del idioma, del que conocía cada uno de sus recovecos, forjó con cada uno de sus trabajos una obra difícilmente equiparable con cualquier otra. En 1998, con El hereje, puso punto y final a un camino narrativo que comenzó cincuenta años atrás y con el que consiguió la sincera admiración de un público que llora hoy su pérdida.

Con su muerte desaparece un nombre fundamental para comprender la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Eso sí, lo hace únicamente la persona. Su obra, en la que laten sus grandes pasiones, como la caza, el mundo rural y un amor incondicional por Castilla, permanecerá viva y dispuesta siempre a acoger a quien se refugie en uno de sus libros.

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