II Redlato: capítulo 5

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II Redlato: capítulo 5

Aquella certeza de Catalina parecía una invitación personal. Una pelota en mi tejado. Esa sensación fue en aumento durante las dos semanas siguientes, en las que las dos mujeres no volvieron a hacer su aparición. A medida que relataba su historia, me había acostumbrado tanto a su presencia que ya me sorprendían menos las repentinas apariciones y desapariciones de las peculiares pasajeras que su conversación. Cada vez tenía más preguntas. Las dudas iniciales habían sido fáciles: un poco de documentación aquí y allá y había podido comprobar la existencia del hospital y de Proaza. Pero ahora me asediaban otras mucho más complicadas. ¿Por qué no veía nunca subir y bajar a las mujeres? ¿Por qué contaban las cosas en ese castellano antiguo tan raro? ¿Serían de algún pueblo perdido? Una vez una mujer sanabresa que conocí por casualidad me había dicho que se había leído el Quijote varias veces. Que no le costaba nada, puesto que ese castellano antiguo se parecía aún al que ella había aprendido de niña, en pleno siglo XX.

Inmerso en estos pensamientos, con los que intentaba aportar un poco de lógica a todo aquello, llegué a la parada y a la comida familiar de los domingos. Era descabellado que aquellas mujeres esperaran algo de mí: ni las conocía ni deseaba meterme en los asuntos de nadie. Mientras subía las escaleras hacia la casa de mi madre decidí olvidarme definitivamente del asunto, y mi sobrina hizo el resto en cuanto abrí la puerta. Como cada semana, me llenó de besos y abrazos, y logró en un minuto lo que no había conseguido el Valium en las dos semanas anteriores. Ella comía antes y jugaba un rato a su aire mientras los mayores disfrutábamos de la mesa. María había comenzado a tener su amiguita imaginaria.

-Amiguito – corrigió mi hermana-. Y se llama Zaqueo, como el amigo que tú tuviste de niño. Que ya es casualidad que lo haya bautizado igual con ese nombre tan raro.

El corazón me dio un vuelco y no sabía por qué. Pero aún quedaba lo peor. Mi hermana anunció la sorpresa que llevaba tiempo preparando:

-He logrado completar nuestro árbol genealógico hasta el mil quinientos y algo.

Y sacó un cuaderno en el que lo había ido pegando y ordenado todo escrupulosamente, antepasados y documentación hallada. Lo dejó abierto por la última página, la del siglo XVI. Las seis letras de un nombre me saltaron al cuello: Proaza.

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