Redlato: capítulo 31

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Redlato: capítulo 31

El Redlato ya tiene capítulo 31. Recordad que qedan dos (600 palabras) para el desenlace.

El cerdo, exhausto de tanto cambalache y receloso de aquellos hombres que se miraban unos a otros con cara de pocos amigos, haciendo buena la palabra aplicada tantas veces a los de su especie, “omnívoro”, arremetió con la begonia asiática, que estaba en la puerta de las dependencias interiores de la policía, cuyos pétalos eran el orgullo del cuerpo; nada más acabar con ella, mientras el grupo trataba de entenderse con el jefe de policía, Durruti se aplicó concienzudamente con el mazo de folios del despacho contiguo, no sin antes haberse bebido el agua de todas las botellas que fue tirando de las tres mesas que componían el mobiliario policial.

De pronto, alguien advirtió la ausencia del cerdo.

¡Dios! El cochino ha tomado las de Villadiego, soltó el nº 109 tratando de poner en antecedentes al jefe de policía.

Éste, ajeno a Durruti y a lo que traían entre manos sus hombres, trató de serenarse, y no contento con echar una reprimenda a Albino Rodríguez por su facha, que a estas alturas era ya lo de menos, ordenó detener al cerdo.

En aquel momento cesó la detención del grupo para centrar los esfuerzos en encontrar al cerdo, salieron todos disparados hacia la zona ajardinada mientras el inocente Durruti se echaba al coleto las viandas de todos los números de la policía del turno de tarde, incluido el bocata de mortadela de Albino Rodríguez. Una vez terminado el festín, Durruti se acurrucó bajo la mesa del despacho de la sala de juntas, a la que sólo entraban cuando algo extraordinario lo requería. Allí, sobre el suelo fresquito de terracota, se entregó al sueño, un sueño tan profundo que, en lo que quedaba de día, nadie sospechó de su presencia.

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